sábado, 11 de septiembre de 2010

Burn a Bible Day


En estas fechas tan señaladas se ha creado un cierto revuelo porque un paleto de Florida pretende - o ha pretendido, según las versiones - ponerse a quemar Coranes en el aniversario del 11-S. Las voces que se han alzado en contra de esta brillante idea son muchas. No he oído ni leido de nadie que esté a favor de lo que dice este tipo, nadie que lo secunde.

Bueno, pues ya es hora de que alguien apoye la quema de Coranes. Yo lo hago. Me parece bien que quemen ejemplares del libro ese. No lo he leído, pero parece que la gente que si lo lee a menudo no paran de causar muchos disgustos. Así que lo lógico es pensar que una cosa tiene que ver con la otra, eliminando una eliminaremos la otra. Fuera coranes, fuera problemas. Ya está.

Pero la cosa no sólo ha de quedar allí. La razón principal para intentar impedir que el reverendo Terry Jones - así se llama el elemento de la foto - es el cabreo que su acción puede causar entre los musulmanes. Yo, francamente, no veo razón ninguna para enfadarse. Si un cristiano extremista quema tu libro sagrado en la otra punta del mundo, pues coges y quemas un libro sagrado cristiano en tu propia casa. ¿No?. Es por ello por lo que, haciendome eco de la propuesta del Sr. Jones - "El Día de quemar un Corán" - propongo "El Día de quemar una Biblia". Donde las dan, las toman. Ojo por ojo, diente por diente. Tu quemas mi libro, yo quemo el tuyo... ¡capullo!.

A mí, realmente, no me va el rollo religioso. Eso ya lo deje claro en otra entrada de este blog. Pero si los locos de ambas religiones - la cristiana y la musulmana - se conformasen con quemar los libros de la otra confesión, posiblemente eso sería lo menos malo que podría pasar. No se me quita de la cabeza el dicho "donde empiezan a arder libros, acaban ardiendo personas". Sin embargo albergo la esperanza que de los miembros de las dos exitosas sectas cristiana y musulmana comprueben como la quema de sus libros sagrados no trae ningún castigo divino. Los libros arderan, y sobre aquellos que los quemen la posibilidad de que un rayo les caiga encima, una plaga de langostas les arruine la cosecha, o les caiga fuego y azogue desde el cielo será la misma que la de cualquiera de los que pasemos de historias de estas: prácticamente nula. Tal vez entonces se den cuenta los extremistas del mundo entero de lo absurdo de sus creencias, y dejen de dar por culo de una vez.

Pero dejaré de soñar despierto. En una segunda reflexión sobre este tema, se me han ocurrido algunas cosas interesantes sobre todo este asunto.

La quema de biblias no es una respuesta viable para un imán extremista. Posiblemente ya hayan quemado muchas, junto con hondonadas de banderas de los Estados Unidos. No consiguen nada. No es sólo que los medios de comunicación internacionales ni se fijen. La verdad es que ni una pira con todas las biblias del mundo conseguiría impedir que cada vez un mayor número de los musulmanes del mundo adopten costumbres de vida "occidentales", compren CDs con música, vean películas sino de producción, si inspiradas en el estilo de Hollywood, o sientan el impulso de comprarse cachivaches inútiles pero que están de moda. Y mientras los fieles del Islam dedican cada vez más tiempo a ver la tele, cascarse pajas viendo páginas en internet, o visitar tiendas, las mezquitas se quedan vacías. Eso lo sé porque es lo que ha pasado con las iglesias aquí en España. Y es que algunos dirán que se ha perdido la fe, pero yo pienso realmente que lo que sucede es que no vas a comparar el ir a la iglesia o a la mezquita con quedarte en tu casa viendo tele por cable y tomando un refresco. No hay color.

Por eso, los cuatro chalados con barba que hay en el desierto (y en algunas ciudades europeas) aprovechan el poder que todavía ejercen sobre las mentes de su desgraciada congregación para convencer a tres o cuatro de los más inadaptados (generalmente, los jovenes que están todavía a más de 10 años de poder casarse y que no pueden afrontar el pasar todo ese tiempo masturbandose) para que se hagan estallar en alguno de esos países lejanos, siempre responsables de todo lo malo que sucede en su propio entorno. La reacción del país agredido, siempre neurótica y exagerada, será de una represión indiscriminada contra el colectivo de los creyentes del Islam, cortandoles el acceso a la TV, los refrescos... el acceso a una vida mejor, y diferente de la que conocen. Justo lo que desean los imanes integristas, y lo mejor de todo es que son sus mayores enemigos los que les siguen el juego.

Sabiendo esto, no albergo ninguna duda de que Terry Jones preferiría que sus feligreses, en lugar de conformarse con quemar coranes estuvieran dispuestos a ir a países musulmanes a dar por culo a lo grande (o Big Time, como dicen los yankis). Morir matando. Así, la reacción de aquellos países impediría que cualquier norteamericano (o europeo, o cualquier extranjero) fuese a visitarlos alguna vez con la intención de hacer turismo, conocer otros lugares, otras culturas... para educarse y para que tal vez prenda en ese turista una inquietud intelectual motivada por lo experimentado en ese viaje. Porque lo que teme el reverendo Jones y la gente como él no es al Islam, ni al demonio, ni al IRS. Temen la cultura, la educación, la difusión de estos y el fin de la ignorancia de sus feligreses, que les da el poder de llenar el vacío de las vidas y las mentes de estos con su propia palabrería (que incluye siempre la sugerencia de donativos a la congregación).

Pero los feligreses del señor Jones no va a ir a matarse en un sitio cuya existencia muy posiblemente desconozcan. Están muy comodos en sus casas. El reverendo lo sabe. Si se pasase de la rosca y pretendiese enviarles a una muerte segura , ellos le enviarían a freir esparragos. Por eso se conforma con algo más cómodo, y que pretende conseguir el mismo efecto que el de un cristiano inmolandose con explosivos en el bazar de Teherán: quemar coranes. Que tenga que conformarse con esto en lugar de con unos nuevos cruzados como los que hace 1.000 años causaron tantas matanzas en Oriente Próximo es un indicio de la debilidad real que la religión tiene en una sociedad económicamente próspera. Da la casualidad que muchos países musulmanes que nos exportan sus terroristas son pobres de solemnidad, y creo que éste es el origen último del éxito que los extremistas tienen al encontrar aspirantes a suicida.

Otra cosa que me he preguntado con todo este jaleo es ¿por qué de repente se le hace caso a un paleto extremista?. Los Estados Juntitos están atestados de ellos, y llevan decenios haciendo mucho ruido y pocas nueces, siempre y cuando se consiga mantenerlos alejados del sistema educativo. Vamos, dudo que sea la primera vez que queman un Corán. ¿Por qué ahora los medios les prestan atención?. Tiene toda la pinta de ser una de esas situaciones que, en sí mismas, carecen de polémica alguna hasta que consiguen la atención de los medios. Es decir, que estos mismos son quienes han logrado crear polémica donde antes no la había. ¿Para qué hacerlo?. Cada uno puede tener su teoría conspirativa al respecto. La mía es que todo esto ha coincidido con el inicio de negociaciones entre israelíes y palestinos, el abandono (a su suerte) de Irak, y una serie de malas noticias acerca de Afganistán. No creo que las negociaciones lleguen a buen término. Si yo fuera israelí me limitaría a aguardar la llegada a la Casa Blanca del siguiente presidente que haga campaña con una Biblia en la mano. Y es que hay unos cuantos candidatos a convertirse en Jomeinis cristianos.

El actual presidente americano, Barack Obama, es simpaticote y cae bien, pero no parece que pueda solucionar la papeleta de Oriente Medio. Obama no va a ser capaz de salvar a los musulmanes (de sí mismos). Si puede, en cambio, (intentar) impedir que un predicador palurdo queme biblias en su propio país y montar todo un circo para que veamos lo (poco) que es capaz. de conseguir. Menos es nada.

Mi invitación a quemar biblias sigue en pie. Permitidme que no me una a vosotros. He hojeado el libro varias veces y me parece una obra bastante pésima, sobre todo desde el punto de vista literario. Gastarme mis duramente ganados cuartos en un libro así, aunque sea para quemarlo, me parece una desperdicio. Sobre todo cuando puedo gastarme ese dinero en libros como este.

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