viernes, 25 de diciembre de 2009

Por qué soy ateo

En estas fechas tan señaladas - y con esta frase tan manida - tanta páliza con el tema religioso me ha inspirado los recuerdos de como he llegado a opinar que no existe dios alguno, ni vida detrás de la muerte, ni nada de eso.

Como al 99,99% de las personas nacidas en este país en los 70, a mí me han bautizado por el rito cristiano católico apóstolico romano. Por lo que yo recuerdo, crecí creyendo. Todo el mundo creía en Dios, ¿por qué no iba a hacerlo yo también?. Mirando hacía esos años, hacia mi infancia, creía por conformismo. Creía porque era lo que me habían educado para creer. Pero sobre todo, creía porque quería a mis padres, mis abuelos y demás parientes, que eran creyentes como lo era todo el mundo. No es que fueramos todos especialmente fervorosos, como creo que no lo era casi nadie entonces, pero la idea de un Dios y una vida después de la muerte a la que aspirabamos formaba parte de nuestro Weltanschauung, o Cosmogonía. Era así y punto.

Conforme crecía a través de mi pubertad me seguí manteniendo fiel a las creencias que me habían dado. No era fácil, puesto que era más consciente del mundo y, con ese conocimiento surgían elementos que contradecían todo lo que me habían dicho de niño. Como por ejemplo, la teoría de la Evolución con el mito del Arca de Noé. Lo que más expandió mis horizontes en está época fue un interés creciente por la historia, que me pusó en contacto con eventos de la Antigüedad que contradecían a la Biblia. Al final hice lo que creo que muchos cristianos han hecho para conciliar el mundo real con el de las creencias: no tomar al pie de la letra lo que aparecía en la Biblia. Simplemente, estaba lleno de alegorías. Eran cuentos que se utilizaban para educar e inspirar a la gente, y había que apreciarlos por este efecto que tenían, y no como narraciones literales. En mi visión del Universo, había existido un ser superior y benevolente que había tomado parte activa en el Big Bang, y con ello, había dado lugar al cosmos y, por una larga cadena de eventos sin intervención divina, a nosotros.

Con tener el sistema de creencias bien estructurado en mi cabeza no me bastaba. Era necesario que hubiese un pilar en nuestro mundo real y actual que diese apoyo a mis creencias. Ese apoyo lo daba las llamadas "Experiencias Cercanas a la Muerte". En estas, personas que estaban clinícamente muertas por unos minutos o en coma experimentaban una serie de visiones con unos puntos comunes: flotaban por encima de sus cuerpos, aparecía una luz por la que se sentían atraidos, y se les aparecían familiares y amigos muertos con los que hablaban. Estaba bien claro. Los aspectos comunes de estas visiones de personas diferentes y no relacionadas entre sí reforzaban su veracidad. Si eran veraces, eran la demostración de que había una vida después de la muerte. Y si había una vida después de la muerte, Dios existía también. Era una realidad presente y actual, como las ECM.

Entonces, durante mis primeros años de universidad, entre en contacto con nuevos conocimientos que, de nuevo, me obligaban a reordenar mi visión del mundo. Las primeras informaciones me llegaron en la forma de inocente noticia de prensa, en la que se comentaba como había adolescentes que voluntariamente se provocaban asfixias para experimentar visiones causadas por la falta de oxígeno en el cerebro. Os podrá parecer absurdo, pero yo antes desconocía que la falta de oxígeno provocase alucinaciones. Yo sólo creía que provocaba la muerte, o mareos y desmayos. Lo cierto es que, de esta forma, inicié una época de introspección, de aprender quién era yo exactamente, y porque pensaba y sentía lo que pensaba y sentía.

Fue en esta introspección, en esta inspección interior que no contemplo para nada como algo místico, sino un mero ejercicio natural de mi inteligencia y mi razón, cuando empecé a constatar que era perfectamente posible que Dios fuera un producto de mi imaginación. Contemplo la fe y la creencia como algo total, carente de ambages, y por eso deje de ser creyente en ese momento. No se podía ser cristiano y a la vez tener dudas sobre la existencia de Dios.

No hice, ni hago (salvo por esta entrada), publicidad de mi abandono del cristianismo. Por un lado, detesto el proselitismo. No pretendo abrirle el camino de la iluminación a nadie. Yo llegué hasta aquí por mis propios medios, y confio en que los demás puedan llegar por sus propios medios a dónde su yo interior les lleve. Sea lo que sea. Por otra parte, no soy ningún héroe, ni cruzado valiente. Me ha sido más cómodo callarme ante mis familiares, y he tranquilizado mi conciencia diciendome a mi mismo que lo hacía para evitar un disgusto a mi ya difunta abuela, católica de pro. Sin embargo, mi padre me pregunta insistentemente porque no les acompaño a misa - con el incremento de su edad, a mis padres les ha llegado también un renacimiento religioso -. Tal vez este próxima mi salida del armario religioso.

Desde que mis dudas comenzaron, no he dejado de indagar e informarme. No siento temor por poner mis creencias a prueba, y examino con atención cualquier indicio que las contradiga. Sin embargo, en estos aproximadamente 10 ó 12 años he ido encontrando cada vez más pruebas que corroboran mi posición inicial, y me han reforzado en mi ateismo. La ciencia progresa. Cada vez se conoce mejor el funcionamiento de los circuitos de nuestro cerebro, y podemos determinar cuales son los mecanismos que, habiendose demostrado útiles para nuestra supervivencia evolutiva, nos hacen pensar que existe un Dios, que hay una vida después de la muerte (nuestro miedo a la muerte, a lo desconocido, que nos ha ayudado a sobrevivir durante decenas de miles de años está ahí) y otros aspectos de la religión o la superstición.

Creer en un ser sobrenatural y superior, entre otras cosas, no es malo, es natural. Pero yo me considero a mi mismo un ser racional, capaz de hacer y pensar cosas que no tienen que estar programadas ni en mi código genético ni en la sociedad dentro de la cual he crecido. En el libro "The Jesus Mysteries" los autores tratan ante todo el tema de los gnósticos, cuya comprensión de la religión era un viaje hacia el interior de uno mismo, buscando a un ser supremo que estaba dentro de uno mismo. Yo mismo considero haber hecho ese viaje. Lenta, pausadamente, de forma enteramente natural con mi forma de ser y de pensar. Y al final, no he encontrado a Dios, me he encontrado a mis mismo. Me conozco mejor... y aún me queda camino por recorrer.

Entonces, ¿qué me queda de la Navidad?.

La familia se reune. Es agradable, porque cada vez estamos menos tiempo juntos. Se come bien, demasiado bien. Haces regalos y los recibes. Yo no me quejo. Me parece bien tener un momento así una vez al año. Más allá de eso, queda "celebrar el conocimiento a través de la ignorancia", como sugiere Repronto en esta entrada de su videoblog.

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