domingo, 8 de diciembre de 2013

PAH

Yo ya conocía los escraches antes de que apareciesen en nuestros medios de comunicación. En una de las oficinas de la red para la que trabajo varias personas que decían ser miembros de la PAH (Plataforma de Afectados por las Hipotecas) se presentaron varias veces acompañando a uno de los clientes de dicha oficina que se hallaba en una situación límite. La situación era tensa. No creo exagerar un ápice si califico de hostigamiento las acciones de ese grupo de personas delante de, e incluso dentro de, aquella oficina. No se llego a las manos, pero al director de aquella oficina le rallaron el coche de todas formas.

Cuando contemplé en la TV la primera "visita" de la PAH a la casa de un cargo electo (en Cataluña, y la diputada estaba fuera de casa) no pude evitar establecer la relación con lo sucedido en la oficina. Lo primero que pensé era que por fin un político tenía utilidad práctica: mientras hostigaban a un político no podían estar molestando a uno de mis compañeros de profesión. También pensé que la movilización por "escrache" estaba condenada al fracaso. Por un lado no pude evitar establecer relación con lo que había sucedido en oficinas bancarias. La tensión y el hostigamiento que yo asociaba a este tipo de manifestaciones se volvería contra la propia PAH, y se verían obligados a interrumpirlas. No obstante, la forma más efectiva de acabar con los escraches era, simple y llanamente, no hacerles ni puñetero caso. Algo en lo que nuestra clase política demuestra bastante habilidad.

Los participantes de aquel primer escrache se fueron con las manos vacías por la ausencia de la diputada. Mi opinión parecía estar respaldada por los hechos.

Pero la cosa cambió. Para aquellos que están convencidos de la estupidez supina de nuestros gobernantes, la confirmación no ha llegado no tanto por la reacción de los mismos a sucesivos escraches, sino por el mero hecho de que haya habido una reacción. Si se hubieran estado calladitos, no hubiera pasado nada. Los medios se habrían volcado en otro tema nuevo, y los espectadores se hubieran olvidado. Pero no, en lugar de eso procedieron a relacionar a la PAH con ETA, en calificar de nazis a los participantes de los escraches, y en interponer pleitos. Finalmente, cuando los juzgados han desestimado por ley todas las denuncias de los políticos, estos han concluido que hay que cambiar las leyes y han aprobado la Ley de la Seguridad contra la Ciudadanía.

Mi enhorabuena a la PAH porque, a la vista de los resultados, a día de hoy constituyen la única oposición política efectiva al Gobierno que queda en este país.

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Inicialmente, mi actitud hacia la PAH era de desdén. Desde una oficina bancaria la perspectiva es que la gente entra y se pone la soga al cuello porque quiere. Este punto de vista es habitual cuando trabajas en un sector. Cuando he hablado con amigos que trabajan dentro del sector de telefonía - que junto con la banca es el sector que más demandas acumula - ellos están convencidos que los clientes se dejan llevar por la estupidez en sus relaciones con la compañía telefónica. Así que, desde este punto de vista, los de la PAH son una panda de jetas que se han metido en un follón de cojones por tontos y ahora quieren que les saquen de ahí sin pagar nada.

Aún con eso me animé a visitar la página de la PAH, ver un par de sus vídeos, y leer su manifiesto. Os animo a hacer esto último.

El tono general del manifiesto es de denuncia contra bancos, administraciones públicas, y un Gobierno que no hace nada para resolver los problemas de los afectados. Recalcan, no obstante, que no se han negado de plano a pagar sus hipotecas. Lo han hecho mientras les ha sido posible. Cuando ya no les ha sido posible, han intentado negociar con las entidades acreedoras y éstas han endurecido las condiciones de los préstamos o han recurrido al desahucio. Es de destacar que no niegan su parte de responsabilidad en lo que ha sucedido. Eso refleja un valor del que carecen tanto los partidos políticos como las entidades bancarias, y constituye la base sobre la cual encontrar una salida al problema.

Acto seguido plantean algunas soluciones, que paso a comentar:

- Parar los desahucios. Esta planteado, según entiendo, como un remedo a corto plazo hasta que se haya encontrado una solución definitiva. En mi experiencia personal los clientes apurados lo que entienden es "si no me van a desahuciar, ¿para qué voy a pagar?". Es decir, como paso para renunciar a toda responsabilidad.

- Regular la dación en pago. Desde este blog ya he comentado dos veces lo mal que me parece está idea, así que no voy a insistir en las razones. Si la población desea dación en pago, pues se aprueba la dación en pago. Pero para que se pueda discutir este punto de manera razonable hay que entender bien todas las implicaciones de la dación en pago. 
  1. La dación en pago supone mayor riesgo para el banco, que lo traslada en mayor tipo de interés al prestatario. Es decir, dación en pago = + riesgo = + interés.
  2. No tiene sentido hacer de la dación en pago algo opcional en las hipotecas que se contraten. Nadie acepta voluntariamente un tipo de interés más elevado para cubrirse del riesgo de embargo, sencillamente porque todos aquellos medianamente cuerdos contratan hipotecas en la firme creencia de que van a poder pagarlas. Si no fuera así, sencillamente no se meterían en la hipoteca. Si la dación en pago es opcional, quedaría sin efecto porque nadie escogería la opción. La dación en pago ha de ser obligatoria para todos los préstamos que se contraten.
  3. Como consecuencia de 1. y 2., es preciso entender la dación en pago como un trasvase de renta entre clases sociales. La gente que contrata una hipoteca y tiene un riesgo nulo o muy bajo de impago pagan un tipo de interés mayor para que los que tienen un riesgo mayor - que también pagan el interés elevado - sean los principales beneficiarios. El efecto es muy parecido al que ha tenido la introducción del IRPF en nuestro país, e incluso se puede ver la dación en pago como una forma de impuesto redistributivo. 
Conversión del parque de viviendas hipotecadas de primera residencia en parque público de alquiler social. Esto requiere forzar a las entidades a "asumir los precios reales de las viviendas" para que el Estado las compre y cree con ellas una bolsa de alquiler social. Esto me trae a la memoria a Irlanda, cuyo gobierno comenzó a recomprar viviendas de los bancos a precios inferiores a los que figuraban en los balances. Esto provoco que la valoración de los activos en inmuebles de los bancos irlandeses cayese, y al final el Estado irlandés, como garante último del sistema bancario nacional, se vio obligado a pedir un rescate de la UE en toda regla. Irlanda tiene 4 millones y medio de habitantes, la población de España es 10 veces mayor. Con esto quiero decir que, aunque la medida me parece buena, posiblemente este no sea el mejor momento para ponerla en práctica.

- Realización de una Auditoría social sobre el funcionamiento del mercado hipotecario. Coincido que es algo muy deseable, pero me temo que no va a salir adelante mientras gobiernen los que gobiernan. Cualquier auditoría que comienza por el mercado hipotecario termina llegando a la clase política, y eso es algo que no van a permitir. 

- Establecer por ley que el pago de la cuota mensual hipotecaria en ningún caso sea superior al 30% de los ingresos de la persona o unidad familiar, a un plazo máximo de 20 años. De todas las propuestas, esta es la más concisa, la que considero más útil para evitar desmanes en el mercado hipotecario, y la más aplicable. También es la que, en mi opinión, le da más legitimidad a la PAH y sus pretensiones por lo que implica: los propios afectados están dispuestos a ponerse límites y ceder parte de su propia libertad no para solucionar lo que ya ha sucedido, sino para que no vuelva a suceder jamás.

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Todo el asunto de la PAH, los embargos, los escraches, las hipotecas, y la Ley de Seguridad contra la Ciudadanía me ha llevado a reflexionar sobre la libertad. La Libertad - no confundir con las libertades - es el fondo de todo, en mi opinión.

Los propios integrantes de la plataforma solicitan el amparo e intervención del Estado, para lo cual están bastante dispuestos a sacrificar parte de su libertad. Específicamente, aquella parte que permite meterte en una hipoteca de alto importe y plazo infinito.

Los bancos también perderían libertad. La libertad de dar esas hipotecas de importe elevado y 50 años de plazo. Leer acerca de la PAH y enterarme mejor de sus reivindicaciones me ha servido para replantearme el papel de la banca en todo lo sucedido. Ya no puedo decir que toda la culpa recae sobre los clientes. Aunque creo poder decir "yo no he sido" con bastantes argumentos, si reflexiono bien sobre el tema, me he encontrado casos de compañeros de profesión que no han obrado correctamente.

Para que una hipoteca impagable no se conceda tan sólo hace falta el desacuerdo de una de las partes. Dando por sentado el acuerdo del cliente, la responsabilidad recae entonces en el banco. Esta responsabilidad, aceptando un margen para el error humano, recae en primer lugar sobre los propios empleados de la oficina y el director de la misma.

Claro, que entonces recuerdo lo que una compañera me dijo una vez. "Pero es que si no les doy la hipoteca yo, se van por la puerta y se la va a dar otro". Y es cierto. Si uno no conseguía hipoteca en un banco, lo único que tenía que hacer era visitar una entidad tras otra hasta que una finalmente le dijese que sí. Eventualmente, las condiciones de la hipoteca en cuestión podían ser draconianas. Aval de padres y abuelos, tipo de interés que se disparaba a los dos años, comisiones de cancelación prohibitivas... todo legal. Para el empleado de banca, denegar la hipoteca no cambiaba nada de la situación general.

Y entonces vuelvo a pensar que la responsabilidad última recae en el cliente. 

Sin embargo, determinar el culpable de todo no es el objeto final de la reflexión. En algunos casos el cliente habrá sido más irresponsable, en otras ocasiones habrá sido el banco. La situación presente es la suma de lo primero y lo segundo. Evitar la situación requiere prohibir por ley a ambas partes el repetir las decisiones que llevaron a dicha situación. En definitiva, se trata de restringir su libertad.


Lo llamativo es que son los propios afectados los que piden que se restrinja su libertad. A mí me choca mucho esto. Personalmente, soy muy reacio a ver restringida cualquiera de mis libertades. Esto es así porque me considero plenamente capacitado para el ejercicio de las mismas. No obstante, soy capaz de concebir que si - por la razón que fuera - no estuviera capacitado para ejercer mi libertad de manera plena, dicha libertad fuese limitada para impedir hacerme daño a mi mismo o a otros.

Y es que considero que esto es lo que hay detrás de la petición de intervención estatal e imposición de restricciones. Es un reconocimiento de que no se está en condiciones para ejercer la libertad de manera plena.

Nuestra Constitución de 1978 nos dotó de un nivel de Libertad sin precedentes - salvo tal vez durante la Segunda República - en la historia de nuestro país. Es cierto que está plagada de defectos, y que la Libertad de la que gozamos ha sido más bien económica que política. Pero no se puede negar que esa Libertad ha estado allí. El país que ahora tenemos ha sido el resultado de las decisiones que todos hemos tomado con esa Libertad. Ya sea asumir una hipoteca draconiana, o concederla para poder llegar otro año a objetivos, o votar una lista de imputados por corrupción, la situación que ha resultado después de 30 años de relativa Libertad es consecuencia de nuestras decisiones. Y si la situación a la que hemos llegado no nos gusta, entonces tal vez hemos de plantearnos en que medida hemos sido nosotros los que hemos fallado. 

Según una frase atribuida a Manuel Azaña, "la libertad no hace ni más ni menos felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres".

Cabe preguntarse entonces si los españoles hemos fallado en ser hombres.

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