Parte I. Historia General de los robos y asesinatos de los más famosos piratas. (1724-1726)
Hace muchos, muchos años - tal vez hace 20, porque la edición es de 2006 - compré una traducción al español de la obra cuyo largo título da nombre a esta parte del artículo. Es una edición bastante buena cortesía de la editorial Valdemar. 745 páginas. La traducción es bastante decente y hace lo mejor que se puede con el lenguaje arcaico del texto original. He buscado superficialmente y creo que se puede conseguir una copia de segunda mano.
La obra original se publicó inicialmente en 1724, y dos años más tarde tuvo otra edición que añadía una segunda parte. Ambas se encuentran en mi copia, y son bastante diferentes entre sí. En la edición española se da como autor a Daniel Dafoe, aunque la obra fue originalmente publicada a nombre de un tal "Capitán Johnson". El problema es que parece que a Daniel Dafoe se le han atribuido montones de obras anónimas o pseudónimas del período, así como a bulto. Así que lo del autor hay que cogerlo con pinzas.
La primera parte comienza despachándose con Henry Avery, que hizo de las suyas a finales del siglo XVII, pero de lo que trata realmente es de una oleada de piratería cuyo comienzo el autor fecha en 1718, cuando un gobernador nombrado por su graciosa majestad Jorge de Inglaterra se presentó en el nido de piratas de Providence (en las islas Bahamas) con un perdón general para piratas emitido por la misma graciosa majestad antes mencionada. Aquel lugar se había convertido en refugio para un montón de antiguos ex-corsarios desempleados que habían comenzado atacando naves españolas para luego asaltar todo lo que veían flotando por ahí (en el Caribe, quiero decir).
La acogida al perdón fue masiva, salvo por un tal Charles Vane que salió de Providence pegando cañonazos a Woodes Rogers (el gobernador) e inició de está manera la oleada de piratería porque una cosa que aprende uno leyendo estas páginas es que la piratería funcionaba como una especia de infección vírica, en la que cuando un barco era asaltado por piratas, la tripulación de este barco pirata se convertía en pirata a su vez, en principio uniéndose a sus asaltantes y luego separándose ya fuera de muto acuerdo o por engaño. Así, Teach (el conocido Barbanegra) formaba en principio parte de la tripulación de Vane, y el famoso Roberts se hizo pirata tras ser apresado por otro capitán pirata.
El tono de está primera parte con los sujetos de la obra es esencialmente reprobatorio. Los piratas eran (y son) hostis humanis generis. Enemigos declarados de la humanidad. Y en está época no se veía decente gastar tinta en narrar la vida de criminales. Las tripulaciones piratas descritas en esta obra se destacan por el alcoholismo y el desorden. Se quedan a menudo sin provisiones, y en ocasiones le discuten a sus capitanes las decisiones. Las lamentables condiciones laborales de la marina mercante inglesa (poco salario, poco alcohol, pésimas provisiones, y duro trabajo) son las razones que parece que surtían a los piratas de un flujo constante de voluntarios con los que formar sus tripulaciones. Y eso a pesar de que el castigo por piratería era - indefectiblemente - la horca. La obra nos regala con varios ejemplos detallados de juicios a piratas en los que - por falta de medios y jueces - el protocolo resultaba algo laxo, aunque no por ellos menos formal que un juicio en la metrópoli. Los acusados eran todos los apresados a bordo de la nave pirata, y el juicio trataba de dirimir quienes estaban a bordo voluntariamente y eran culpables, y cuales estaban forzados.
Prácticamente todos los piratas que protagonizan esta obra - salvo uno - son ingleses. También lo eran la mayor parte de sus presas. Es llamativo que a estas alturas Inglaterra ya ocupaba el lugar preeminente como armador de Europa, derivando su principal fuente de riqueza en el movimiento de mercancías de allí para acá como ningún otro país europeo.
La segunda parte trata más acerca de piratas que tuvieron su centro de actividades en el Océano Índico. Comienza con dos capítulos dedicados al capitán francés Misson y a Thomas Tew. Ambos componen una narración fabulosa, sin fechas concretas ni nombres de barcos como en la primera parte, que obviamente está inventada. Contrasta con la primera parte que tiene datos más concretos y en los que las personas tienen comportamientos que no parecen tan idealizados. Albergo serias dudas de la existencia de Misson, de Tew y de la república pirata de Libertalia.
Lo más cerca que estuvieron estos piratas del libro de establecer un puerto seguro fue la colonia de Providence en las Bahamas que aparece al comienzo de la obra y que fue rápidamente liquidada por los ingleses. E incluso ese intento de refugio pirata estaba "manga por hombro". Sin una autoridad clara ni instalaciones fijas de ningún tipo, ni nadie haciendo nada por el bien común. La falta de puertos seguros nos es recordada permanentemente en este libro porque cada dos por tres los piratas tienen que carenar. Es decir, tumbar su nave en una playa y limpiar el casco de todos esos moluscos y seres vivos a los que les encanta la madera. Era un momento de vulnerabilidad para los piratas. Y si no recuerdo mal al pirata Lowther le pusieron fin en un carenado.
Lo que si es cierto, por el resto de capítulos de esta segunda parte, es que entre finales del XVII y comienzos del XVIII la isla de Madagascar y las islas cercanas constituía un refugio considerable para todo aquel que quisiera operar fuera de lo legal. Para mí es el protagonista de la mitad de esta segunda parte hasta llegar a la narración de un mestizo que paso 16 años en una ciudad del este de África. Son una serie de capítulos que trata de una serie de capitanes de una manera más confusa que la primera. Se dan pocas fechas - aunque presumo que la mayor parte operaron en los primeros años del 1700 - y las vidas de varios de ellos se cruzan en momentos diferentes de manera que hay que se hace difícil seguir quien estaba que, dónde, y con quien. Pero eso sí, volvían a Madagascar constantemente, e incluso se asentaban allí. La segunda parte cierra volviendo a Woodes Rogers, el Caribe, y otro juicio a piratas que pone fin a la obra.
Aunque no fuera la intención del autor, esta Historia ha sido la base para la visión romántica de los piratas. Feroces, borrachos, independientes y rebeldes contra la autoridad. Un estereotipo que eché en falta fue el del tesoro escondido. Tan sólo en el capítulo sobre Teach se menciona a éste diciendo que el escondite de su tesoro lo conocían él y el diablo.
Una cosa que si aparece en el libro y no forma parte de los estereotipos románticos de los piratas es la esclavitud. El siglo XVIII en el que este libro fue escrito fue no sólo el siglo de las luces, sino el del apogeo en el tráfico atlántico de esclavos africanos. La Historia General trata a los esclavos que se encuentran a bordo de los barcos asaltados como otra mercancía más. En un barco tomado por piratas puede haber lo mismo 40 bocoyes de azúcar que 90 negros. O una combinación de ambos. En ocasiones algunos de estos africanos se unen a los piratas. Lo más habitual es que los piratas no sepan que hacer con estos prisioneros - porque hay que darles de comer y beber - y o los dejan en el barco que han apresado o los matan tirándolos al mar. En una ocasión incluso prenden fuego a un barco cargado de esclavos. Alguna que otra ocasión es posible venderlos.
Es, en conjunto, una obra para los muy cafeteros que tiene partes más amenas y otras menos interesantes. Partes que tienen más visos de ser reales y otras que son claramente inventadas. Su valor histórico es cuestionable en varias cosas. No hay que tomarse todo lo que pone como cierto. Lo más importante al leerla ha sido conocer la base para muchos de los mitos sobre los piratas que tenemos en mente hoy en día. Ha habido piratas en muchos momentos de la historia, incluso se puede decir que todavía los hay en la actualidad. Pero cuando escuchamos la palabra "pirata" la primera imagen que se nos viene a la cabeza a todos es el clásico pirata descrito en esta Historia General de los Robos y Asesinatos de los Más Notorios Piratas.
II. Blackbeard (1991)
Blackbeard fue un juego publicado por la mítica Avalon Hill en su época final en 1991. Es un juego para entre 1 y 4 jugadores en el que cada uno asume el papel de piratas históricos de finales del XVII y comienzos del XVIII en busca de fama y un retiro cubiertos de fortunas.
Como el período que cubre y muchos de los piratas que aparecen en el juego son los de la mencionada Historia General, yo pensaba que ese libro había servido de inspiración directa. No fue así. Leyendo las notas de diseño en el Nº6 Volumen 27 de The General, la revista oficial de Avalon Hill, el autor comenta que su bibliografía se redujo a un librillo de la revista Life sobre piratas. Aún así, la Historia General seguramente constituía una parte importante de ese librillo.
Esas mismas notas de diseño informan también que la idea original de la editorial era hacer un juego familiar. Como otros intentos de esa editorial de adquirir una cuota de mercado más amplia que la de los grognards de toda la vida, fue un fracaso. El desastre ya empezó cuando se tomo la decisión de que el mapa tuviera superpuesta una rejilla de hexágonos que nos es familiar a los wargameros, pero cuya mera aparición ya causa rechazo al común de los mortales. Tras eso Richard Berg - el diseñador - empezó a tirar de tablas y tablas para ensamblar un entramado de barcos mercantes, barcos de guerra, gobernadores corruptos, y eventos varios en el cual nuestros piratas se movían con más o menos fortuna. Había incluso una tabla de tortura de rehenes en la que uno de los resultados posibles era "Torturada y violada repetidamente, y entonces asesinada".
Ni que decir tiene que cuando - tras una primera ronda de testeo - el primer prototipo llegó a la editorial, lo de la violación y buena parte de las farragosas tablas se fueron por la borda. Según parece fue idea de Mark Herman reemplazar buena parte de las tablas por un mazo de cartas que se convirtieron en el eje central del juego.
En Blackbeard básicamente se comienza haciendo una "siembra" de barcos mercantes y gobernadores (anti o pro pirata) por el mapa, y tras determinar quien es el jugador 1, el 2, y sucesivamente y que cada uno haya tomado sus piratas de un mazo de cartas aparte, se roba entonces una carta del mazo principal. Lo más importante que indica esta carta es a que jugador tiene turno. Puede suceder perfectamente que un jugador tenga una larga ristra de turnos, mientras que los demás se quedan sentados mirando. De hehcho, puede suceder perfectamente que todos hagan algo menos tú, durante la mayor parte del tiempo. Si hay algo que explica la baja puntuación de Blackbeard en la BGG y su fracaso como juego familiar es este sistema que el autor justifica diciendo que la vida del pirata se caracterizaba por largos períodos de inacción intercalados por una explosión de acontecimientos. No voy a negar la justificación. Tampoco voy a negar que es un método de asignación de turnos que se siente muy injusto.
Aparte de para darle la vez a un jugador, se tiraba de ese mismo mazo de cartas para comprobar el resultado de muchas acciones. Cual era el valor de la carga de un barco asaltado y si había algún pasajero a bordo que convertir en rehén. Comprobar el resultado de búsquedas en alta mar y en la costa. Indicar la localización en la que aparecían nuevos barcos mercantes, buques de guerra, y gobernadores. En que momento tenía lugar un evento aleatorio y de qué evento se trataba... la función más importante del mazo de cartas en este sentido consistía en ahorrarse varias tablas con tiradas de dados necesarias para comprobar esos resultados que nos daban las cartas.
A pesar de lo cual se tiraban mucho los dados, y seguía habiendo unas cuantas tablas. Teníamos que tirar los dados para combate, evasión, comprobar el resultado de la tortura de un rehén (aunque sin violaciones, menos mal), si recibíamos una herida... Muchas de esas tiradas tenían modificadores con los que podíamos influir en el resultado, pero aún así una mala racha nos podía dejar a la deriva y con vías de agua, mientras que a otro le salían todos los abordajes a la perfección.
Pero si hay algo que siempre ha matado a Blackbeard (el juego de mesa) ha sido su reglamento. Si lo lees, lo entiendes, pero como herramienta de consulta es bastante lamentable. Y necesitas consultarlo mucho porque el juego consiste básicamente en la ejecución de un proceso tras otro. Un proceso para atacar barcos mercantes, un proceso para la acción de los barcos de guerra, un proceso para vender botín, un proceso para obtener una patente de corso... Es lo que dicen hoy en día un juego muy procedimental, y el manual tiene los procedimientos un poco dispersos por todas partes. Por ejemplo, hay un apartado para barcos de guerra (Warships) que te dice como moverlos, pero el detallito de que el jugador que los mueve puede mirar la ficha viene en otra parte: la de descripción de las fichas al inicio del manual. Y si quieres leer como combaten los barcos de guerra, te tienes que ir a la parte de los KC (King's Comissioners) porque se usa el mismo procedimiento para ambos... salvo una excepción que si te viene en la parte de los barcos de guerra propiamente dicha... Lo comentado: un guirigai.
Me he puesto a jugar otra vez a Blackbeard - para documentarme para esta reseña - y para mi ha sido revivir todos los defectos y virtudes del juego. Por un lado comienzas a trancas y barrancas porque necesitas consultar el manual (y ayudas de juego varias sacadas de internet) todo el rato. Pero pasada una hora o dos los procedimientos están más interiorizados y se va más rodado. Aún así, puedes quedarte sin jugar apenas, e incluso si tienes algo de acción dependes mucho de la suerte, que a algunos jugadores les elude y a otros les beneficia. Si a pesar de eso consigues progresar algo, el juego empieza a meterte palos en las ruedas haciendo que te intercepten barcos de guerra y KCs.
Hay básicamente dos estrategias. En una, si tienes suficiente suerte como para conseguir un barco grande con capacidad de combate poderosa, puedes pasar a ponerte bestia y atacar puertos y todo lo que pilles en el camino para que tu notoriedad suba hasta 100 y ganes la partida directamente. Si no, vas asaltando barcos y evitando buques de guerra hasta que (con suerte) consigas un botín lo suficientemente grande como para retirarte con lo que tengas. Como esto es bastante complicado de hacer, el primero que lo consigue normalmente es el ganador.
Entre los grognards viejunos Blacbeard es un juego que sigue gustando. En parte es por nostalgia. En parte es porque los sistemas que emplea - fichitas de cartón, tablas con tiradas de dados - nos son familiares. También toca esa vena de veraz ambientación histórica. El juego es bastante ingrato y le da igual complacerte. Está ahí para recrear la historia: La mayor parte de los piratas retratados por el juego acabaron muertos, y cuando juegues tú lo mismo te sucederá seguramente. Hay que tomárselo a la ligera y reírse con lo que sucede hasta entonces.
No se puede recomendar, sin embargo, al resto del público. Un vistazo en el buscador de la BGG con la palabra "Pirates" y ya salen docenas de juegos más modernos. Alguno de ellos seguramente sea más grato y menos aparatoso. A Blackbeard el juego de mesa le ha acabado sucediendo como al pirata que le da título: ha acabado siendo superado por el progreso del tiempo.
III. Pirates! de Sid Meier (1987)
Sería muy a finales de los 80 cuando, en una incursión a la sección de importación de la Casa del Libro de Gran Vía en Madrid, adquirí esto por lo que me acabo pareciendo la increíble ganga de 2.000 pesetas.
En aquella época no había internet para comprobar reseñas de nada. Mi inglés era el impartido por la educación pública. Este me bastó para entender la promesa de fama y fortuna en alta mar de la trasera de la caja. 2.000 pesetas eran una pasta. Pero Pirates! prometía... y cumplió. ¡Vaya si cumplió!
Pirates! te ponía a tí - el jugador - en el Caribe entre 1560 y 1680 con un barco y una tripulación para que hicieras básicamente lo que quisieras. Era el primer sandbox en ordenador que me encontraba, si pasamos por alto la posibilidad de crear tus propios escenarios que ofrecía The Ancient Art of War. En el manual de juego se insistía que en tenías la posibilidad de dedicarte al comercio o a la piratería. En una de mis muchas partidas probé la vía pacífica. No duró mucho. El margen de beneficio era irrisorio, la tripulación se cabreaba porque tampoco veía los beneficios, el mar estaba infestado de piratas que te perseguían por muy pacífico que fueras... ¡y era más divertido asaltar barcos y puertos!
Las únicas limitaciones eran las impuestas por el interfaz del juego, pero dentro del mismo las posibilidades eran muchas. Podías escoger una época, comenzando por 1560 cuando España era el hegemon indiscutible, o ya en 1600 y de ahí en adelante cada 20 años. Cada época tenía sus características, empezando por la potencia (en declive de época a época) del Imperio Español. Había un nivel de dificultad, una habilidad especial que nos daba un bono en un aspecto u otro del juego. También escogías una nacionalidad, que determinaba tu barco y puerto de partida.
Cuando se publicó el juego los ratones eran un lujo que no se daba por sentado (¿pantallas táctiles? ¿de qué me estáis hablando?). Por eso cuando tenías que tomar una decisión el juego te hacía pasar por un menú que manejabas con las flechas del teclado. ¿Avistabas un barco? Escogías entre alejarte, acercarte a intercambiar noticias, o atacarlo. En un puerto podías ir a una taberna, a visitar al gobernador, a comerciar, o a grabar la partida. Cada decisión a menudo abría otro nuevo menú para hacerse cargo de los detalles de tu decisión inicial.
El juego se presentaba como simulación, pero era principalmente un juego de acción. Lo que se conoce como arcade. Las pantallas de acción eran básicamente dos. Una era la de la acción naval, en la que manejabas un barco. Siempre un barco sólo, aunque tuvieras varios bajo tú control. Los demás se quedaban atrás mientras combatías. Desplegaba o arriabas velas, y variabas el rumbo a babor o estribor, y pulsabas la tecla de espacio para soltar una andanada por donde estuviera el enemigo. La carga y el apuntado de cañones eran automáticos. Tu únicamente tenías que poner el barco a distancia y pulsar la tecla de marras. Si hacías suficiente daño el barco que atacabas podía rendirse, si no, tenías que abordar la nave y pasar a la segunda escena de acción: el duelo a espada.
Tienes duelo a espada cuando abordas un barco. Tienes duelo a espada cuando asaltas una población. Tienes duelo a espada cuando quieres que un villano te revele donde se encuentra un miembro de tu familia. Tienes un duelo a espada cuando pides la mano de la hija del gobernador que te hacía ojitos y ¡pues resulta ser que ella tenía otro pretendiente! (me callo lo que pienso de la hija del gobernador, no vaya a ser que me cancelen el blog). De hecho, lo primero que haces en la partida tras escoger época y bonificador es batirte en un duelo a espada con el capitán del barco con el que vas a comenzar tus andanzas. No es por nada que el manual de juego te recomiende tomar la habilidad de esgrima (fencing) en tus primeras partidas. Según Pirates! los piratas del siglo XVII iban con la espada hasta en la ducha.
Pero la pantalla que se emplea principalmente es la de navegación. Es una pantalla muy similar a la de las batallas navales y tiene los mismos controles salvo el de disparo. A través de esta pantalla trazas tu ruta libremente, intentando evitar bajíos y tormentas (representadas por nubes que se mueven) e ir a donde quieras. Nada en la pantalla te indicaba por donde andaban los barcos que querías atacar. Simplemente aparecían, o no. Pero con algo de experiencia ibas viendo donde era más probable que apareciera alguna vela en el horizonte (en el entorno de un puerto grande, generalmente). La parte del mapa de juego que se veía en la pantalla no era muy grande y podías llegar a perderte, especialmente si navegabas por una zona carente de puertos que te sirvieran de referencia. Para orientarte había que tirar del mapa que acompañaba el juego y que en sí era una pequeña obra de arte. Por si esto no bastaba, había un micro-juego consistente en tomar la posición más alta del sol para determinar la latitud que luego mirabas en el mapa para hacerte una idea. Los milenials estaréis flipando, pero esta chorrada le daba más nivel al juego y lo hacía parecer más realista. El caso es que con cierta experiencia en el juego al final tenías siempre una idea bastante precisa de dónde te encontrabas en todo momento. La mayor utilidad de esto era encontrar tesoros ocultos, que solían encontrarse en lugares remotos del mapa de la cual el juego tendía a aportarte un mapa incompleto de referencia. Fuera como fuese, la pantalla de navegación era una herramienta del juego que te invitaba a explorar meramente por el gusto de ir a sitios que no habías visitado antes.
Las poblaciones eran centros de actividad del juego. Lo primero que podías hacer era atacarlos. Si no tenían fuertes era tan sencillo como pasar directamente a la pantalla de duelo a espada. Tras ganar el combate... ¡a saquear!. Si había fuertes la cosa se complicaba. Podías atacarlos desde el mar navegando con tu barco en un intercambio de cañonazos en el que cada uno intentaba reducir el número de combatientes del adversario. Otra opción era el ataque por tierra. Los fuertes te disparaban igual y en el micro mapa del combate se movían masas de soldados enemigos intentando interceptar a tu banda de piratas. Si de una forma u otra llegabas hasta el pueblo, entonces había duelo a espada y - si todo salía bien - saqueo.
Las interacción pacífica con un pueblo tenía tres opciones siempre y cuando te dejasen entrar. Algo que no sucedía si habías hecho ataques previos a la nación de la ciudad y ésta tenía fuertes. La primera opción era entrar a la taberna. Allí primero recibías información, luego se podían presentar algunos ociosos como voluntarios a unirse a tu tripulación, y en ocasiones un vejete borrachuzo te vendía un mapa del tesoro por unos cuantos cientos de monedas.
La segunda opción era negociar con un mercader local. Si habías hecho muchas putadas injurias a la nación del pueblo, el mercader podía negarse a tratar contigo. Si no, le vendías mercancía, barcos capturados y le pagabas para que te reparase naves dañadas. Aquí era importante el nivel de población y prosperidad del lugar. Cuanto mayores eran, más dinero tenía el mercader para pagarte por tu carga. De poco te servía conseguir una valiosa presa si luego no podían comprarte su carga. Como ya he indicado antes, si comenzabas la partida en 1560 o 1600 los únicos puertos prósperos son españoles. El problema es que casi todos los barcos que te encuentras también son españoles. Conforme avanza el siglo XVII, los puertos de otras naciones se van haciendo más prósperos y la variedad nacional de barcos también se va incrementando. Llegué a jugar a Pirates! lo suficiente como para percibir que si comercias mucho con un puerto, la prosperidad de éste sube. Es decir, que el juego tiene un mecanismo por el que puedes afectar positivamente la prosperidad de una ciudad, y no sólo negativamente atacándolo. Es un detalle fascinante que te revela la cantidad de ideas y planificación que se invirtieron en su desarrollo.
La tercera opción del puerto es la que tiene más chicha. Visitar al gobernador. Entramos en el mundo de la política. Lo primero de lo que te informa es de quien está en guerra con quien y quien es su aliado. Te puede vender una patente de corso por un módico precio, o un perdón del rey, pagando también. La utilidad de la patente de corso es que con ella los gobernadores de esa nacionalidad van a recompensar tus andanzas con acres de propiedad, cargos militares, ¡e incluso títulos nobiliarios! También te presentarán a sus hijas - no hay gobernador que no tenga una hija soltera - con la cual podrás ir a la sacristía tras el ya mencionado duelo con el otro pretendiente. Siempre hay otro pretendiente. No hay nada como casarse con manchas de sangre en el traje.
El gobernador también nos puede encargar alguna misión, consistente en ir al puerto tal y cual cagando leches. Normalmente el puerto tal y cual está a tomar por culo con el viento en contra. Al visitar al gobernador también nos podríamos encontrar con uno de los villanos que conocen la ubicación de un miembro de nuestra familia. Si les ganas un duelo te pasan un mapa incompleto con la localización de tu hermana, hermano, padre o madre, y entonces te preguntas si en lugar de la espada no te hubiera ido mejor usando una batería de automóvil y unos cables pelados...
Otra opción importante del puerto era la de disolver la expedición y retirarse. Se dividía el botín, informándonos de cuanto nos tocaba a nosotros (más cuanto mayor era el nivel de dificultad) y cuanto a la tripulación, y el nivel de satisfacción que éstos habían tenido con el reparto. El principal motivo para retirarse era el mosqueo de la tripulación, que era difícil de controlar y tendía fácilmente a agriarse aunque tuviéramos éxito en conseguir botín. Entonces lo mejor era vender toda la mercancía y barcos posibles y repartir pronto para evitar que empezasen a desertar llevándose consigo dinero.
La retirada no suponía el final de nuestra carrera. Tras unos meses de tiempo del juego se nos preguntaba si queríamos volver a montar otra expedición. En caso afirmativo volvíamos a comenzar en el puerto en el que nos habíamos retirado con una tripulación fresca y el barco que no habíamos llegado a vender en la retirada anterior. Lo único que podía forzarte a una retirada definitiva era mal estado de salud causado por el paso del tiempo y las heridas sufridas en tanto duelo de espada. Pero aún así creo que al menos tenías tres expediciones antes de la jubilación definitiva en la que se nos puntuaba por el dinero personal acumulado, nuestras tierras, nuestros títulos militares y nobiliarios, los familiares que habíamos reunido, si habíamos contraído matrimonio o no, y nuestra fama. El resultado nos daba una valoración que iba desde el mendigo hasta el barón.
Pirates! era ante todo un juego que invitaba a la exploración. El mapa era grande para un juego de finales de los 80, y aunque lo explorásemos siempre podíamos cambiar de época y descubrir una situación diferente a la jugada antes. El juego te daba bastante libertad a la hora de escoger que rumbo seguir, que objetivos fijarte, y que herramientas emplear para ello. ¿Querías tomar un puerto especialmente fortificado? ¿Querías intentar reunir a toda tu familia? ¿Querías intentar llegar al máximo de recompensa nobiliaria?
Ni que decir tiene que jugué mucho a Pirates! cuando lo compré. Luego, hace diez años, con una baja por un accidente que me dejó ocioso durante un par de meses volví a navegar por el Caribe con una versión adaptada a Windows de 1994 llamada Pirates! Gold. Como podéis haber visto, yo aún guardo la caja morada con todo su contenido, incluido el inserto de plástico y los discos de 5"1/2 originales. Es un juego relativamente fácil de encontrar, legalmente... y de forma un tanto pirata. Los simples gráficos son de pixelado grueso. La música en MIDI imitando un clavicordio tiene su gracia. La ambientación histórica es lo que - para mi y los grognards de mi generación - lo hace especialmente atractivo. Donde esté Pirates! que se quite cualquiera de los Grand Theft Auto. ¿Quién quiere ser el jefe de los delincuentes de una ciudad cuando puedes navegar por el Caribe, convertirte en Duque y codearte con la monarquía europea?





















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